miércoles, 15 de mayo de 2013

El libro...

El libro es el mayor invento del ser humano, y sigue siendo lo más moderno.
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El libro
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lunes, 13 de mayo de 2013

Vendetta entre reos

Por Diego Lapostre Timur
En la prisión de Santa Marta Acatitla un reo asesinó a otro. Bajo el colchón de la cama de la víctima, la policía encontró, en una hoja de papel rayado arrancada de un cuaderno, la dirección manuscrita de Antonio García Corcuera, el millonario secuestrado hace más de quince días por un grupo de guerrilleros urbanos. Juan José Camacho Balladares, el presunto asesino del reo, niega conocer el significado de dicha dirección.
Camacho Balladares, de 26 años de edad, ingresó al Palacio Negro de Lecumberri hace cuatro años, en 1965, por robo. Y adentro se convirtió en un asesino. Ha matado ya a cuatro internos. Dos de sus crímenes los cometió en Lecumberri, y los otros dos en la nueva prisión de Santa Marta Acatitla a donde fue trasladado hace un año por considerarlo las autoridades un reo peligroso. Balladares declaró que allá adentro “uno debe volverse asesino para conservar la vida”.
—Por eso me los eché —dijo— para conservar mi propia vida.
—Yo era desobediente. No me gustaba estudiar —respondió Camacho a mi petición de que relatara su vida desde el momento en que tuvo que ver con la justicia—. A los once años me escapé de mi casa.
—¿Te gustaba la aventura?
—Me gustaba... —Camacho se interrumpió y bajó la cabeza—. Mi padre —continuó— me acusó con la policía y pidió que me metieran al Tribunal para Menores, porque al escaparme de mi casa me había robado su herramienta y la había vendido. Necesitaba dinero para irme a Monterrey. Quería trabajar en las fábricas. Somos de aquí de la ciudad de México. Vivíamos en la colonia Nueva Esperanza, en la calle del Trabajo, en el lote 94, de la manzana "A". Mi padre trabajaba en la Compañía de Luz.
Le ofrecí un cigarrillo y luego de encenderlo continuó:
—En el Tribunal para Menores estuve dos meses y me fugué. Me agarraron de nuevo y me mandaron a la Escuela Hogar para Varones, ahí en Parque Lira 96. Aguanté cinco meses y me escapé otra vez porque a mí me gusta andar por las calles de la ciudad y ver gente. Los colores de los anuncios luminosos siempre me han gustado y el ruido de los camiones hace que uno se sienta a gusto. Me gusta estar con la gente, pero nunca he tenido amigos. Todos son traicioneros. Cuando me fugué llegué a mi casa y mi madre me pidió que regresara a la Escuela Hogar. Dijo que era por mi bien. Regresé, pero no aguanté, a uno lo tratan como criminal, así que me volví a fugar... Estuve nomás el tiempo necesario para que los muchachos grandes me enseñaran algunos trucos que me permitieran independizarme: me enseñaron a abrir automóviles y a sacar carteras en los camiones. Ahí fue donde realmente aprendí mi oficio: soy carterista.
Camacho guardó silencio y agachó la cabeza, y el capitán Miguel Taboada, jefe de la Policía Judicial del Distrito Federal y en cuyo despacho se llevó a cabo la entrevista, se acercó al homicida, le dio otro cigarrillo encendido y le ordenó que continuara respondiendo a mis preguntas.
—Cuando me escapé por segunda vez ya no volví a mi casa porque no quería ver a mi familia. A uno le dicen, cuando lo encierran, que uno no tiene madre, pero créame usted capitán, y usted también señor reportero, que yo la quiero mucho y me importa muchísimo que se preocupe por mí. Total, uno anda descarriado, pero es la vida de uno, de veras que duele ver que ella se preocupe por mí.
Esto último lo dijo con gusto, como gozando públicamente el saberse querido por alguien.
—Por eso ya no regresé y mejor me fui a Acapulco y comencé a trabajar en los muelles... ayudando a descargar los barcos.
—No —contestó a otra de mis preguntas—. Nunca estuve en una cárcel de provincia. La policía de provincia no es tan águila como la de aquí.
Con esta respuesta, el capitán Taboada se mostró inquieto y carraspeó ruidosamente.
—No —replicó a otra de las preguntas que le formulé—. No estuve nomás en Acapulco. Llegué también a Guadalajara y a otras ciudades importantes del país en donde estuve ejerciendo mi profesión; y de vez en cuando venía a la ciudad de México a ver a mi madre y era cuando le platicaba que estaba yo muy bien y que había puesto un negocio... A veces, para convencerla de que me estaba yendo muy bien, me robaba por ahí un coche último modelo y me le presentaba con regalos y muy bien vestido, con tacuche nuevo...
—¿Dónde aprendiste a manejar? —le pregunté con curiosidad.
—Con un taxista de Guadalajara. Él me enseñó a manejar y yo le enseñé a sacar carteras.
Taboada volvió a carraspear molesto.
A mi pregunta concreta de cuándo ingresó al penal por primera vez, contestó:
—Fue en 1965: andaba trabajando una mañana por el barrio del mercado de La Lagunilla, y realmente no había podido conseguir muchas carteras, cuando vi de pronto un carro último modelo, ¡bien requetechulo que estaba el condenado! Color rojo. Y que lo abro. Pero no pude echarlo a andar y entonces me llevé un abrigo de pieles y una bolsa que se veía muy fina. Y me eché a correr luego lueguito. Y corrí muy quitado de la pena con mi cargamento y me detuve como a diez cuadras del lugar y me puse a esperar un taxi. Vi un carro de dos colores y le hice la parada, pero no era un carro de sitio: eran los de la Judicial que ya me andaban buscando porque el dueño del carro resultó ser un árabe millonario que vendía pieles en la zona y que tenía a los policías en su nómina para mayor protección.
Taboada volvió a carraspear molesto.
Camacho continuó respondiendo a mis preguntas.
—Me trajeron aquí y estuve doce días encerrado en una celda oscura y húmeda, sin que se me hiciera juicio y privándome anticonstitucionalmente de mi libertad...
—¡Ya cabroncito! ¡Párale! —gruñó Taboada exasperado y lo tomó de las solapas del saco —y en volandas, lo levantó por los aires. El jefe policiaco era un hombre alto y fuerte y su rostro mostraba una frialdad extrema a pesar del enojo. Su voz era fría, sin asomo de cordialidad.
—Está bien jefecito —afirmó el otro con voz sorprendida y con los pies colgándole en el aire. Y con fingida inocencia añadió: —usted disculpe comandante...
Pero yo pude ver claramente la muerte en la mirada de Camacho. Los ojos le centelleaban con ira, y prefirió mejor sentarse de nuevo en la silla mientras se planchaba las solapas con manos temblorosas por la furia.
—Continúa —le dije.
—Luego me llevaron a Lecumberri y me echaron tres años y seis semanas.
—¿Cuándo fue que mataste al primero? —le pregunté.
—En 1967. Se llamaba Hermelindo Jaumendía Solís. Pero le decíamos “El Grapas...”
—¿Y a ti? —lo interrumpí.
—A mí me dicen “El Patas” —replicó con rabia, echando todavía fuego por los ojos— porque cuando peleo soy muy bueno para dar patadas y nadie me ha ganado nunca jamás un pleito.
Taboada se rió cínicamente y lo retó con la mirada.
Camacho no hizo caso y siguió en plan bravucón:
—Nunca nadie —explicó exaltado—, me ha podido ganar en un pleito.
—Cuéntame la historia de tu primer asesinato —le dije.
Y con esto se calmó. Le dio una chupada a su cigarrillo y comenzó:
—En Lecumberri yo tenía un colchón comodísimo que me había hecho con puros trapos viejos. Y me lo robaron. Es muy difícil tener un colchón allá adentro. Cada preso tiene derecho a uno, pero los guardias nos los quitan y los venden fuera de la prisión, así que la mayoría de los internos tienen que dormir sobre las camas pelonas. Yo, en cambio, me hice mi colchón porque soy muy listo. Y luego supe que “El Grapas” me lo había robado. Pero no dije nada. Yo solamente ataco cuando voy a ganar. Antes mejor me espero. ¿Para qué hacerle al pendejo? —Y en ese momento se le quedó viendo al comandante Taboada.
Sentí que la atmósfera se estaba caldeando y para relajar la tensión, le pregunté a Camacho:
—¿Entonces nadie te ha ganado un pleito?
—¡Nadie! —Me respondió.
—¿Y luego? —Le dije.
—¡Y luego qué, pinche güey! —Me replicó encolerizado.
Taboada se rió y yo tuve que aguantarme el coraje y hacer como si nada hubiera sucedido. A veces, el trabajo de un reportero es desagradable.
—¿Qué fue lo que sucedió después? —agregué con un tono de voz que disimulaba que su bravata y que la risa del comandante me hubieran molestado.
—¡Ah! —dijo Camacho—. Lo que pasa es que yo tenía visita conyugal y necesitaba mi colchón inmediatamente.
—¿Estás casado...? —le pregunté con mucha precaución porque no quería exponerme otra vez a alguna contestación fuera de lugar.
—¡Casado yo! ¡Ni que estuviera pendejo...! —Me contestó con alegría.
—¿Y entonces? —pregunté yo con cierta angustia, porque sabía que, de nuevo, su respuesta me iba a dejar mal parado enfrente del comandante.
—¡No hay que estar casado para cogerse a una vieja, amigo...! —dijo alegremente mientras escuchaba con regocijo la sonora carcajada del capitán Taboada.
—¡Y luego qué, pinche güey! —repliqué yo.
Taboada volvió a reír, la tensión se disipó y Camacho, de buen humor, me dijo:
—¡Está bien...! ¡Estamos a mano, pues! Lo que pasa es que cuando supe que había sido “El Grapas” me molesté muchísimo, pero no dije nada. Y un día que estaba yo cagando en los baños generales llegó ese cabrón a mear y aparte de que me hizo la broma de que no me había visto y se sacó la reata y dizque iba a comenzar a mear en el excusado en el que yo estaba sentado, me dijo que sí, que él me había chingado el colchón. Así que discutimos y vi que “El Grapas” traía un fierro metido en el cinto, pero no lo sacó. ¡Ora sí que nomás tenía el otro fierro cogido con una mano! —dijo Camacho con alegría y Taboada volvió a soltar una carcajada—. Yo seguí cagando muy a gusto y luego me fui a mi celda y saqué una punta de varilla bien filosa que me había hecho en el taller y me la guardé abajo de la camisa y me esperé hasta la formación y lo jalé de la nuca, cuando estaba en la fila delante de mí, y lo picotié en el hígado.
Camacho no parecía estar arrepentido de sus actos mientras declaraba. Incluso subrayó, varias veces, que a él no lo mangoneaba nadie, y que él sabía defenderse solo.
Por ese homicidio, Camacho fue condenado a 18 años de cárcel. Los otros tres homicidios están todavía en proceso, y el mismo Camacho ignora el número de años que le serán imputados.
Roberto Flores Lemus, “El Romi”, fue la segunda víctima de Camacho. Esto ocurrió en Lecumberri también. Y los dos últimos crímenes sucedieron ya en la prisión de Santa Marta Acatitla.
Camacho asesinó a “El Romi” el 15 de noviembre de 1968, dentro de una celda de castigo.
—Habíamos cuatro castigados y uno era un colombiano. Era un muchacho joven y sano. Nunca se metía con nadie. Ni compraba drogas dentro del penal. Como era el más joven, lo obligábamos a que limpiara la celda y lavara los trastos. Pero lo estimábamos todos porque era muy simpático y contaba muy buenos chistes. Ese día, “El Romi” había recibido dinero y había comprado con el celador unas pastillas. Cyclopales creo que eran. Y me dio unos cuantos. Me los eché todos y me agarró el sueño. Pero no me dormí. Solamente cerré los ojos y estuve escuchando la música de un radio de baterías que le habían prestado a “El Romi”. “El Romi” es muy sentimental... bueno, era... Y dijo que por qué no nos poníamos a bailar para olvidar las penas y yo le dije que no, que qué le pasaba. Y seguí durmiendo, más bien haciéndome como que tenía sueño. Y luego se armó la bronca porque “El Romi” invitó a bailar al colombiano y al otro también. Y ninguno quiso. Cuando abrí los ojos vi que el colombiano tenía sangre en la boca porque “El Romi” le había metido un cabronazo que le había tirado dos dientes, y me levanté y le dije que qué mala onda. Y “El Romi”, que ya para entonces andaba completamente mareado con tantas pastillas, me respondió que a él los extranjeros siempre le habían caído mal y que, por sus puros huevos, se iba a coger al colombiano. Yo le dije que no, que mientras yo estuviera presente no se iba a poder. Y el pobre colombiano nomás se me quedaba viendo, quietecito el condenado. Sobándose el hocico. Y me miraba con ojos de angustia. Total, y para no hacer más largo el cuento, “El Romi” me echó la bronca a mí. Me dijo que por andarme metiendo en lo que no me importaba ahora la cuestión era conmigo. Y que como yo, al igual que él, también tenía un fierro para defenderme, que nos la rifáramos. Que nos echáramos un tirito. ¿Qué pasó?, le dije, pero “El Romi” se me aventó con su fierro y se ensartó en el mío. Y como estaba más intoxicado que yo, eso me ayudó y comencé a picotearlo. Luego se cayó y le arrebaté su arma y me hinqué junto a él y con las dos varillas comencé a picarlo por todo el cuerpo.
En ese momento, Camacho se olvidó de la entrevista y del comandante, y comenzó a manotear para escenificar la forma en que había liquidado a su compañero de celda. Con los ojos enrojecidos y viendo hacia un cuerpo imaginario, Camacho descargó decenas de veces las dos manos cerradas como si trajera dos varillas afiladas.
—¡Así... así... así...! —decía Camacho mientras explicaba gráficamente su forma de proceder.
Y a mi pregunta de cuántas veces lo acuchilló, sólo dijo:
—¿Cómo va uno a contar en esos momentos...? Se sigue uno hasta que se le cansan los brazos a uno y hasta que la sangre que salpica por todos lados se le mete a uno a los ojos y le impide ver para seguir dándole al enemigo.
En esa ocasión, 15 de noviembre de 1968, el médico forense declaró que el cuerpo de la víctima presentaba setenta y tres puñaladas.
Luego de que Camacho cometiera su segundo crimen dentro del penal, las autoridades lo aislaron por peligroso. En total incomunicación, en una celda de castigo de dos metros de largo por uno de ancho: oscura, húmeda y pestilente, Camacho permaneció tres meses hasta que al borde de la locura se puso en huelga de hambre a manera de protesta. Quería Camacho ya no otra cosa que ver la luz del sol y pasear por los patios durante el atardecer. Y así logró, con quince días de huelga, que lo pasaran cerca de la sección en donde están presos los estudiantes del movimiento de 1968, y dijo que no hizo amistad con los jóvenes porque se la pasan leyendo y estudiando y que el poco tiempo libre que tienen lo dedican a enseñar a los otros presos a leer y a escribir, y que dan también pláticas sobre los temas que los presos les piden, y que todos los estudiantes y líderes del 68 son guiados e instruidos, a su vez, por el escritor José Revueltas.
Ahí estuvo hasta el 23 de abril de este año de 1969 en que fue trasladado a la prisión de Santa Marta Acatitla.
Camacho dijo que entre sus nuevos camaradas no tuvo problemas hasta hace ocho días, el 21 de junio en la madrugada, en que mató a su tercera víctima.
—Lo enchiné —dijo, refiriéndose a la llave china—, cuando paseaba por uno de los pasillos. Yo traía mi toalla al cuello, me le emparejé y platiqué un rato con él. Eran como las doce de la noche, tal vez más tarde. Ya no había nadie y todo estaba callado. Lo maté porque me robó 350 pesos y luego tuvo el descaro de írmelo a decir, y ese mismo día me arrebató un billete de 100 pesos que yo quería mandarle a mi mamá.
—¿Cómo ganas dinero dentro de la prisión?
—Trabajo la madera: el cedro. Hago barcos, lanchas, pagodas... y los vendo a los visitantes.
—¿Qué hiciste con el cuerpo?
—Lo jalé hasta su celda y me metí arrastrándolo. El compañero de “El Vaselinas” me dijo: “No, Camacho, porque luego la bronca es conmigo”, pero le dije que no se preocupara, que en cuanto lo rematara –porque todavía resollaba, lo sacaba de ahí.
—¿Cómo se llamaba “El Vaselinas”?
Camacho sonrió con autosuficiencia y dio el nombre de su tercera víctima: Manuel Hernández Soto.
—¿Y por qué le decían así?
—Lo que pasa es que en un penal nunca hay suficientes maricas y a veces hay que fabricar algunos más. Y “El Vaselinas” era el encargado y...
—¡Hasta ahí! —gruñó el capitán Taboada.
—El caso es que lo jalé y lo metí a la celda de él y ahí comencé a patearlo y como ya me había cansado de estarlo ahorcando, le quité su cinturón; y con mi toalla y con su cinturón lo colgué de uno de los barrotes y me esperé hasta que se cagara y se miara y se le saliera la lengua, para estar bien seguro de su muerte porque era un hijo de la chingada y si lo dejaba vivo me quebraba. Luego lo descolgué y lo fui a dejar junto a una reja cerca del patio de la cocina y amenacé de muerte a su compañero de celda si decía algo.
El cadáver fue descubierto por un celador a eso de las cuatro de la madrugada de ese mismo día, tal como informamos en nuestra edición vespertina el día de los hechos.
No contento de explicar con lujo de detalles la forma en que daba cuenta de sus enemigos, Camacho comenzó a contar que “allá adentro es muy fácil perder la vida”.
Dijo, sin importarle los gruñidos de desesperación que lanzaba Taboada, que los reclusos se valen de mil trucos para acabar con quienes estorben a la organización interna de los reos.
—Les dan algo que no es heroína... y cuando se lo inyectan: ¡zas! Ahí quedan como fulminados... los ahorcan, los apuñalan...
Para esto habló en tercera persona, como si él mismo no estuviera inmiscuido en algo parecido.
Por último, estuvo hablando de cómo acabó con su cuarta víctima, con Agustín Centeno Escobar, al que le fuera encontrada debajo del colchón, a la hora de las averiguaciones, la dirección de Antonio García Corcuera, el millonario secuestrado por la guerrilla urbana hace dos semanas y de quien, hasta la fecha, se desconoce el paradero.
—Agustín comenzó a decirme que él había sido muy amigo de “El Vaselinas” y que me iba a quebrar... Y con ese cuento estuvo chingue y chingue durante varios días... No me dejaba en paz y yo no pude aguantar tanta presión. Soy muy sensible, y no me gusta que la gente se meta conmigo. Si no me hacen nada, yo no les hago nada. Soy muy solitario y me gusta ser así, pero también soy muy sensible. Así que no pude aguantar la presión y me puse muy nervioso. Anoche Agustín fue a mi celda y me dijo: “Órale, Camacho, vamos a darnos un toque”. Y yo vi que sí traía mota, pero pensé que era una trampa para surtirme y le dije: “Mejor aquí, pasa las tres”.
Pero Centeno Escobar logró convencer a Camacho de que fueran a su celda a fumar marihuana y entre los dos levantaron el grillete de la puerta corrediza de la celda de Camacho, hasta arriba, y luego empujaron la puerta de rejas por su base para que Camacho saliera por debajo.
En la celda del que minutos más tarde sería asesinado, se sentaron los dos y mientras Camacho forjaba un pito, Agustín sacó un fierro y le dijo:
—¿Cómo ves?
A lo que Camacho respondió:
—Pos ta' bueno. ¡Pero para ti cabrón!
Se lo arrebató, lo jaló del hombro, lo tiró al suelo, lo pateó, y lo picoteó veintidós veces.
Quedé en silencio, sin saber cómo trabajaría mi nota –y con el estómago revuelto. Lentamente salí del despacho del capitán Taboada y al fondo quedó sentado entre dos guardias el maniático de 26 años de edad que ya ha asesinado a cuatro hombres por desavenencias insignificantes. De tener motivos más fuertes, este hombre podría aniquilar a una ciudad entera.
La policía piensa que dentro del penal encontrará las pistas que le ayudarán a esclarecer el caso del secuestro García Corcuera.
Por su parte, Camacho Balladares niega haber tenido participación alguna en el secuestro y asegura, incluso, que ni siquiera sabía que Agustín Centeno guardara debajo de su cama esa dirección.
Se conjetura, no obstante, que fue Camacho el que dejó la dirección de la familia García Corcuera debajo del colchón de la cama de la víctima luego de haber cometido su crimen, con objeto de que las pesquisas dentro del penal fueran a un nivel más elevado (grupos de presos políticos) y que a él, un criminal del fuero común, lo dejaran en paz.
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El jefe de redacción, en mangas de camisa y deshecho el nudo de la corbata, se quitó con rapidez los anteojos luego de haber leído, íntegra, la nota de Diego y le lanzó al joven reportero una mirada colérica.
Seis meses antes Diego lo había visto por primera vez: tenía la cara achatada y los ojillos azules muy juntos, y daba la impresión de no tener cuello, así que el cráneo, sumamente redondo, parecía estar apoyado, siempre, sobre un viejo chaleco gris: gastado y deshilachado –pero muy limpio. La diminuta hebilla trasera del viejo chaleco, que en algún momento debió haber estado perfectamente cosida por medio de dos tiras de la misma tela a la parte baja de la espalda, estaba desprendida de un lado y colgaba sin remedio: oscilante. Fuera de eso, la indumentaria del jefe de redacción era impecable, y en la calle, gracias al saco de su traje, nadie descubrió nunca la hebilla zafada y bamboleante que todos en el periódico veían por las tardes mientras el jefe andaba despacio entre escritorio y escritorio saludando a sus reporteros y pidiéndoles un cigarrillo cada vez hasta que, con un buen abastecimiento de tabaco, regresaba a su máquina de escribir, se arremangaba las mangas de la camisa pulcramente planchada, se aflojaba el nudo de la corbata y pensaba: “Es hora de echar tijera y de cortar todas las tonterías que escriben estos imbéciles...”
—Jem... —decía. Y se ponía a trabajar.
La tarde en que Diego llegó al periódico para escribir su primera nota –una vez que lo hubieron cambiado del turno de la guardia de la madrugada, entró asustado a la redacción y receloso de los demás reporteros que voltearon a verlo con desprecio y como sin prestarle mucha atención, pero el hombrecito, con sus ojillos azules muy juntos, le extendió una mano que aunque se la dio sin calor, tampoco llevaba implícito un rechazo; y durante los primeros días de su iniciación como reportero se mostró amable con él.
Se llamaba Anselmo Rivera y hacía lo menos diez años que trabajaba en el periódico. Antes de eso, nadie sabía con certeza qué había hecho ni de dónde provenía. Sus extraños ojos azules hacían que los reporteros, que lo odiaban, dijeran que era un “bastardo de mierda” cuyo origen era el estado de Guerrero, en donde, aseguraban, hacia finales de los años treinta un barco petrolero inglés –lleno de marineros borrachos, pendencieros y fornicadores–, había estado detenido en la aduana del puerto de Acapulco más tiempo del necesario...
Eran puras conjeturas, claro está, y nadie había investigado el asunto de manera exhaustiva. ¡Y ni manera tenían! Y si todos en la redacción se solazaban contando la historia de su origen bastardo a los de nuevo ingreso, era porque, en primer lugar, sí hablaba con acento costeño y, además, eso les permitía llamarlo “hijo de puta” teniendo unos antecedentes genéticos más confiables. Y si encima de eso le decían “El Inglés” cuando no se hallaba presente era por su manía de vestir siempre de chaleco (aunque fuera el mismo) y con pantalones sumamente entallados y rabones para enseñar sus botines de charol.
Se aseguraba, eso sí, que había pertenecido a la Policía Judicial y que había dejado el servicio por una confiscación de cien kilogramos de cocaína al noventa y siete por ciento, “con capacidad para aguantar hasta trece cortes, decían” y en la que dos agentes habían perdido la vida.
Contaban en la redacción que “El Inglés” había estado metido en el ajo y que había tenido que renunciar a su parte del botín y a su profesión porque se había comprobado ante las autoridades federales que nadie en ese grupo de judiciales había tenido la intención de devolver el contrabando de la droga. Pero también éstas eran conjeturas. En realidad nadie tenía pruebas concretas del asunto, y si “El Inglés” tenía ahora una credencial metálica identificándolo como agente judicial, era seguramente por la estrecha amistad que tenía con el mundillo policiaco.
Aunque su físico era pequeño, la fuerza que tenía en los ojos cuando miraba de frente podía imponer a cualquiera. Y debajo del chaleco gris y de los pantalones ajustados se adivinaban unos miembros musculosos. Tal vez ese cuerpo rudo y algo contrahecho, apoyaba las historias que se contaban de su poseedor.
—¿Cuánto tiempo lleva trabajando aquí? —le preguntó a Diego haciéndose el ignorante: él mismo había presionado al director (luego de haber leído una nota de última hora que se publicó en el periódico y que Diego redactó en la madrugada durante su turno de guardia) para que el joven ingresara de planta al grupo de reporteros del matutino. Sabía que el muchacho se había fogueado ya durante dos años en un diario de menor importancia y que, además, había aguantado con entereza el turno más pesado que era el de la guardia de la madrugada. Así que le parecía que con disciplina podría hacer algo de aquel reportero soñador.
—Seis meses...
—¡Pues no parece! ¿En qué diablos estaba usted pensando cuando se sentó a escribir?
Diego, el reportero más joven del diario más importante de la ciudad de México, el aprendiz de hombre y de escritor, observó perplejo a su jefe: estaba convencido de que había realizado un buen trabajo y durante el tiempo que había estado redactando su información había estado imaginándose la felicitación que le haría –y pública tal vez–, el jefe de redacción.
—¿Piensa usted que los dueños del periódico prefieren publicar sus intentos de convertirse en escritor... ¡porque créame que usted escribe largo, jovencito... muy largo!, en vez de los anuncios publicitarios que dan dinero para que usted y yo cobremos un sueldo? —hablaba gesticulando con rapidez—. ¡Once cuartillas...! ¡Carajo! ¿En qué diablos pensaba al sentarse a la máquina de escribir?
Diego se limitó a observar a su jefe: vio que el cuello de la camisa, que debió ser blanca de nueva y que a pesar de estar lavada y recién planchada se veía muy percudida, comenzaba a deshilacharse.
—¡Vamos! déme una explicación —vociferó el jefe.
—Una... una nota humana...
—¡Una nota humana! —gritó el otro encolerizado—. ¡Ora sí que la chingamos...! ¡Una nota humana! ¡Hágame usted el favor! ¡Carajo...! Entienda jovencito que el periódico es un negocio. Hay quien vende novelas. Largas y complicadísimas novelas, de acuerdo, eso está bien, yo no me opongo, pero nosotros vendemos información y no literatura. Rehaga su nota: utilice, y nada más utilice lo que voy a decirle, por favor: sujeto, verbo y complemento. Luego pone usted un punto y seguido. Y comienza de nuevo con sujeto, verbo y complemento. No hay nada más sencillo para escribir bien que aplicar esta regla de oro: sujeto, verbo y complemento. Mire usted cómo construyo una frase: El reportero escribía puras pendejadas. ¿Ve usted? Sujeto, verbo y complemento. No hay nada más claro. Aparte de que tiene usted que ser mucho más objetivo. No se inmiscuya en la información. Sea más objetivo. Qué diablos me importa a mí, o a nuestros lectores, que a usted se le revuelva el estómago... ya es hora de que se meta en la cabeza que usted no es el héroe de la noticia. ¡Hechos, jovencito... hechos! Tiene usted mucha inventiva.
La sala de redacción, llena de escritorios e iluminada con tubos de luz de gas neón prendidos a lo largo del techo, ahogaba la voz irritada del jefe de redacción por el tumulto que producían las máquinas de escribir manipuladas a un tiempo por ocho o diez reporteros que habían llegado con información de última hora y que no habían terminado de trabajar sus notas:
Avionazo en Monterrey. Mueren 69 personas incluyendo a los siete miembros de la tripulación. Viajaba en el avión el neoliberal y dirigente nacional del PRI, Carlos Madrazo. La nave estaba al mando del experimentado piloto aviador, capitán Guillermo García Ramos, destacado ex combatiente del Escuadrón 201. Se teme un sabotaje.
Rossy Mendoza... ¡Un monumento!
Nixon, a la Casa Blanca.
El muchacho encargado de recoger las notas de los escritorios de los reporteros y de llevarlas a la mesa de los redactores para que fueran corregidas, iba y venía con la excitación que cada día se sentía en el periódico cuando se aproximaba la hora del cierre.
—¡Cerramos en quince minutos, jovencito, y quiero una noticia! —le dijo colérico el jefe de redacción.
Diego tomó las once cuartillas del escritorio de su jefe y dio media vuelta.
—Un momento... No he terminado. Aprenda a usar la tercera persona. ¡Présteme sus cuartillas...! “A mi pregunta de cuántas veces lo acuchilló...” ¿Quién diablos piensa usted que es? No escriba nunca a mi pregunta. ¡Carajo! Escriba siempre a la pregunta... Aparte de que palabrotas como coger, cogerse a un colombiano vaya... y cabrón no entran en la edición... ni tampoco mear ni cagar ni mucho menos hijo de la chingada. ¿Por qué insiste en ponerlas, si ya sabe usted que están prohibidas?
—Realismo, señor.
—Qué realismo ni qué la chingada. Dedíquese a aprender el oficio, que mucho le falta, y déjese de innovaciones.
El jefe de redacción examinó otra vez las cuartillas, una a una, y comenzó a aventarlas al piso, una a una también, por encima de su hombro con un gesto displicente.
—A ver, ¿qué tenemos aquí? en la cuartilla número once. ¡Por Dios! Se esperó usted hasta el último momento. ¿Piensa que sólo leemos la entrada...? Aquí, al final: “con objeto de que las pesquisas dentro del penal fueran a un nivel más elevado”, y entre paréntesis, para subrayarlo más, pone usted: “(grupos de presos políticos)”. El periódico es un negocio, joven. No lo confunda con una tribuna para expresar sus opiniones... para eso están los partidos políticos, hágase miembro de un partido y láncese para diputado, si quiere, pero entienda que el secuestro de García Corcuera fue realizado por delincuentes oportunistas. ¿Entendido...? En México no hay guerrilla urbana, ni tampoco guerrilleros en la sierra de Guerrero... Y eso que menciona de los estudiantes presos, la verdad es que ni son estudiantes, ni están presos ahí por lo del 68. Son delincuentes comunes también. ¿O quiere usted que nos quiten la concesión del papel...? A ver, dígame, ¿quién es el único fabricante de papel periódico en el país?
—El gobierno.
—¿Entonces...? En México no hay presos políticos. Sáquese eso de la cabeza. Y no mencione para nada a Revueltas. Eso es algo muy delicado. Compromete a todo el país que un hombre de su estatura moral esté encarcelado. Olvídelo —y le entregó la última cuartilla. La cuartilla número once. La única que no había arrojado al suelo—. Vuelva a consultar su block de notas. Lo que hizo no sirve para nada. Comience de nuevo —y miró el reloj de pared de la sala de redacción—. Apúrese. Le quedan diez minutos y es de usted la responsabilidad de que mañana nosotros digamos sobre este asunto por lo menos lo mismo que van a decir los demás periódicos.
Diego se alejó del escritorio de su jefe y alcanzó a escuchar la misma voz a sus espaldas.
—¡Oiga! Que no pase de media cuartilla... hoy llevamos mucha publicidad.
(Capítulo 9 de mi novela Los crímenes de la calle del Seminario, publicada originalmente por Ediciones Océano en 1987. La puede comprar en Amazon.com)
*¡Recomienden y difundan mi blog, gente...!
Aquí abajo están las herramientas. Gracias.
Y no olviden apartar, aunque trabajen mucho -¿quién no lo hace en estos tiempos de crisis?- al menos una hora diaria para leer un buen libro.

martes, 23 de abril de 2013

23 de abril, Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor

La efeméride, creada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) en 1995, es un reconocimiento universal a los libros y sus autores, para valorar las irremplazables contribuciones de aquellos que han impulsado el progreso social y cultural de la humanidad.
La fecha es simbólica. El 23 de abril de 1616, fallecieron dos faros de la humanidad: Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare (aunque por supuesto, no han dejado de alumbrar).
Mensaje de la Directora General de la UNESCO, Irina Bokova
Desde el 23 de abril de 1995, la UNESCO celebra el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.
En todo el mundo, los Estados Miembros de la UNESCO celebran el poder de convocatoria del libro, que transmite la cultura de los pueblos y sus sueños de un futuro mejor.
Este día brinda la oportunidad de reflexionar juntos sobre la mejor manera de difundir la cultura escrita y de permitir que todas las personas, hombres, mujeres y niños, accedan a ella, mediante el aprendizaje de la lectura y el apoyo al oficio de la edición, las librerías, las bibliotecas y las escuelas.
Los libros son nuestros aliados para difundir la educación, la ciencia, la cultura y la información en todo el mundo.
La ciudad de Bangkok fue designada Capital Mundial del Libro 2013, en reconocimiento de su programa orientado a desarrollar la lectura entre los jóvenes y los sectores desfavorecidos de la población. Este ejemplo es una fuente de inspiración en nuestra labor colectiva en defensa de la diversidad editorial, la protección de la propiedad intelectual y el acceso en condiciones de igualdad a la riqueza de los libros.
La UNESCO participa en esa labor en el espíritu de la Convención sobre la Protección y Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales, con el conjunto de sus asociados, entre los que se encuentran la Unión Internacional de Editores, la Federación Internacional de Libreros y la Federación Internacional de Asociaciones de Bibliotecarios y Bibliotecas.
Este día nos sirve también para reflexionar sobre las transformaciones que ha experimentado el libro a largo plazo y sobre los valores inmateriales por los que debemos guiarnos.
El libro digital ofrece nuevas oportunidades de acceso a los conocimientos, con un costo reducido, en ámbitos muy amplios. El libro tradicional sigue siendo una tecnología poderosa, que no sufre averías, que podemos llevar con nosotros y que resiste la prueba del tiempo.
El libro, en cada una de sus formas, es un instrumento precioso que contribuye a la educación y a difundir la cultura y la información. La diversidad de libros y de contenidos es una fuente de enriquecimiento que debemos hacer efectiva mediante políticas públicas adaptadas, luchando contra la uniformidad cultural.
Esta bibliodiversidad es nuestra riqueza común, que hace del libro mucho más que un objeto puramente material, a saber, la más bella invención del ser humano para el intercambio de ideas más allá de las fronteras del espacio y el tiempo.
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miércoles, 27 de marzo de 2013

Cosecha roja, de Dashiell Hammett

La magnífica serie de televisión Los Soprano me recordó, desde la primera vez que vi un capítulo, la excelente novela de Mario Puzo El padrino, y supongo que a mucha gente le habrá sucedido lo mismo. Las escenas de la vida familiar de los mafiosi, resultan de una veracidad increíble, y muy humanas además, tanto en la serie como en la novela.
La serie se estrenó en 1999, y la novela se publicó 30 años antes (en 1969), así que no hay duda acerca de quién sirvió de inspiración. Y no estoy hablando de “plagio”, algo muy temido entre creadores y artistas, sino de “influencia”, de una influencia sana y positiva porque, como dicen los que saben, lo bueno se copia.
En ningún momento quiero que se piense que el creador y productor de la serie, David Chase, plagió a Puzo. No hay nada más lejano en mi intención al subrayar el paralelismo entre la magnífica serie y la famosa novela.
Lo anterior viene a cuento porque de la misma manera en que Chase se inspiró en la novela de Puzo (y esto es sólo mi muy personal apreciación), Puzo se inspiró, muy seguramente también (y de nuevo esto es sólo mi muy particular punto de vista), en la extraordinaria novela de Dashiell Hammett, Cosecha roja, publicada en 1929 (40 años antes que la de Puzo).
No me cabe la menor duda (y que conste que no estoy acusando a nadie de plagio), de que Puzo le debe mucho a Hammett, así como muchos otros escritores americanos de la llamada Novela Negra, entre ellos, por supuesto, Raymond Chandler (de quien comentaré en otra entrega).
Reitero que no estoy hablando de plagio, sino de una influencia sana y positiva.
En el capítulo 19 de Cosecha roja, hay una escena en la que los grandes capos de la ciudad se reúnen para pactar una tregua, después de muchos asesinatos.
La famosa escena de El padrino, cuando don Corleone admite haber perdido a su hijo Sonny, y a pesar de ello dice estar dispuesto a dejar las venganzas de lado para alcanzar la paz, es casi igual a la escena de Cosecha roja.
Por supuesto son otros personajes y otras situaciones en cada una de esas dos historias, pero el ambiente de dureza y de reto feroz en las miradas de los capos, y sus palabras retadoras durante la conferencia de paz, son idénticas.
En ambas novelas, los dos escritores nos introducen con maestría al mundo interior de esos hombres, ocupados las 24 horas del día en “trabajar duro” (enviando a sus secuaces a robar, asesinar, comprar jueces, corromper jefes de policía, y/o vender artículos prohibidos por la ley), pero manteniendo siempre una vida familiar honorable y civilizada.
Cosecha roja está narrada en primera persona por un investigador de la Agencia de Detectives Continental, quien es llamado por Donald Willsson para una misión “urgente” de la que le hablará en persona cuando el detective llegue a la ciudad de Personville.
A pesar de que el detective llega a la ciudad con prontitud, Willsson es asesinado antes de que ambos puedan reunirse.
La muerte de Donald obliga al detective a investigar el asesinato y esto lo lleva hablar con el padre de éste, el poderoso Elihu Willsson, un viejo empresario local que ha concentrado en sus manos todas las riendas del poder en la ciudad.
Sin embargo, algunas bandas rivales le están disputando ahora algunas rebanadas del pastel y el viejo se resiste a perder el control de “su” ciudad.
Las bandas de gánsters las había llevado el viejo a la ciudad para que rompieran algunas huelgas que amenazaban a sus industrias, pero las bandas se le salieron del control y cooptaron a algunos amigos (léase “subordinados”) del viejo, como el jefe de la policía y el alcalde.
Por esa razón, el viejo hizo traer a su hijo Donald de Europa, y le entregó la dirección del diario más importante de la ciudad, que es, por supuesto, de su propiedad, para tratar de luchar desde esa trinchera.
Al enterarse el viejo de que su hijo había mandado traer al detective, corre al investigador de la ciudad con gritos destemplados, y lo amenaza de muerte si no se aleja de sus negocios y deja de husmear.
Sin embargo, el detective, un hombre recio, solitario, cínico, buen bebedor e incorruptible, que ha ido desenredando los hilos de la madeja y se ha enterado de muchas cosas, le dice al viejo que él puede limpiar la ciudad de esas bandas, si el viejo envía un pago de diez mil dólares a la Agencia de Detectives Continental.
El viejo se resiste al principio (10,000 dólares de 1929, equivaldrían a 230,000 dólares de nuestros días), pero el detective lo obliga a enviar el cheque.
Y a partir de ese momento, comienzan a aparecer muertos por todos lados, algunos apuñalados con picahielos, otros baleados, y otros más ahorcados o muertos a golpes y a patadas.
Es tan dura esta novela, que el escritor francés André Gide, galardonado con el Premio Nobel de Literatura en 1947, dijo que Cosecha roja era “un logro notable, la última palabra en la atrocidad, el cinismo y el horror".
Coincido totalmente con Gide, y espero que mucha gente lea -o relea- esta gran novela.
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miércoles, 13 de marzo de 2013

Burocratismo, el nuevo enemigo

En 1988 había en Vietnam una inflación anual de 500 por ciento, salarios tan bajos que en promedio no rebasaban el equivalente a cinco dólares al mes, un brutal fracaso en las granjas colectivas (que forzó al gobierno a recurrir a la importación de granos básicos), y un desempleo del 30 por ciento de la población con capacidad de trabajar.
El grave deterioro de la economía era el resultado de tres causas principales: (a) las secuelas de la guerra, entre las cuales sobresalía la reducción en la capacidad de rendimiento de la tierra cultivable gracias al agente naranja, (b) el bloqueo económico de Estados Unidos, y (c) el creciente burocratismo en las filas del Partido Comunista de Vietnam.
Mientras todos estos problemas económicos dificultaban el ansiado desarrollo, el vietnamita de la calle se preguntaba angustiado cómo era posible que un pueblo valiente que luchó durante 40 años para sacudirse al imperialismo francés y luego al estadounidense, no hubiera podido encontrar todavía la solución a tales dificultades.
No obstante, y a pesar de la angustia, nada logró atenuar jamás el esfuerzo de ese pueblo. Los vietnamitas han trabajado duro siempre y saben que al final su empeño reditúa en progreso. Y desde el principio supieron que lograrían hacer realidad el sueño de su líder Ho Chi Minh: “Un Vietnam unido, con el Norte y el Sur trabajando por una misma causa”.
En 1986, Nguyen Van Linh fue nombrado secretario general del Partido Comunista de Vietnam y comenzó una reforma administrativa tendiente a reprivatizar algunos renglones de la economía para implantar un modelo de economía mixta y conseguir que la iniciativa privada recibiera estímulos para invertir y crear fuentes de trabajo, pero muchos funcionarios de alto nivel del PCV se opusieron al cambio.
—La inmovilidad de la burocracia del PCV es un hueso duro de roer —me dijo Vu Tuat Viet, director del diario Saigón Giai Pong—. Y la razón principal de la resistencia a este cambio, es que las medidas administrativas de reprivatización van acompañadas de la reducción del gasto gubernamental, y esto toca muchos intereses.
—¿Tratan sobre el burocratismo en su diario?
—Por supuesto... hay que vencerlo.
—¿Tiene el diario muchos lectores?
—Tiramos cada mañana 150,000 ejemplares en lengua vietnamita y 35,000 en chino, para el medio millón de chinos comerciantes que viven en Ciudad Ho Chi Minh.
—¿Cómo ve la gestión del secretario general del PCV?
—Al tomar las riendas del partido, además de reprivatizar algunos renglones de la economía redujo en un 20 por ciento el número de los empleados gubernamentales. Esto provocó la reacción inmediata de Le Duc Tho, que como usted bien sabe es un viejo militante del PCV, y que fue quien firmó en 1973 los acuerdos de paz en París con Kissinger. Es pues un hombre de línea dura... inflexible.
—¿Se opuso?
—Le Duc Tho dijo al respecto que “mucha libertad económica puede debilitar los controles del partido”.
(En 1990, a los 78 años, murió Le Duc Tho. La prensa nacional e internacional dijo que el legendario dirigente comunista de Vietnam, el recio líder que había elaborado el acuerdo que puso fin a la guerra de Vietnam y se había negado a compartir el Premio Nobel de la Paz con el ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger, “fue un estratega clave de la victoria comunista”.)
—A pesar de la oposición —me explicó Vu Tuat Viet—, Linh pudo implantar otras reformas, como la devolución de la tierra a sus dueños originales. Con eso planteó la posibilidad de terminar con las granjas cooperativas que no funcionaron como se esperaba.
—¿Ya están funcionando esas reformas?
—Estamos empeñados en eso. Linh quiere que los campesinos cosechen de manera individual y comercialicen sus productos en un mercado menos controlado y más determinado por la oferta y la demanda. El mal resultado de las granjas colectivas se vio reflejado en la necesidad del país de importar granos básicos como arroz, trigo, maíz y frijol de soya.
Al preguntarle la razón de que el arroz, el alimento básico del país, estuviera racionado en ese año de 1988, me explicó que un tercio de las tierras cultivables del país permanecían incultas debido a la carencia de fertilizantes, a la falta de mecanización y a los efectos a largo plazo de la guerra, como el defoliante que arrojaron los aviones de Estados Unidos.
—Recuerde usted que la inflación, con niveles de hasta 500 por ciento anual, es otro fenómeno que Linh y sus colaboradores no han podido controlar. Y tampoco el burocratismo galopante. Y el costo de mantener a un ejército de 110,000 hombres en Camboya ha drenado la economía del país.
—Y además —le dije—, está el bloqueo económico dictado por Washington.
—También —admitió.
(El conflicto entre Vietnam y Camboya se inició en 1978, cuando Hanoi firmó un tratado de amistad con la URSS e invadió aquel país para sacar del poder al Kmer Rojo, acusado de haber asesinado a más de un millón de camboyanos durante su mandato de cuatro años. El Kmer Rojo expulsó del gobierno al príncipe Norodom Sihanuk en 1975, con el apoyo de China. En 1979, tras la invasión de Camboya por tropas vietnamitas, estalló un conflicto entre China y Vietnam. Diez años después, en 1989, las tropas vietnamitas se retiraron totalmente de Camboya y en 1991 se normalizaron las relaciones con China.)
A pesar de que en 1988 la ley de inversiones extranjeras de Linh ya había entrado en vigor, ni los japoneses ni los países occidentales habían querido hacer negocios de ninguna índole mientras persistiera la guerra con Camboya.
En 1988, hablando con todo tipo de gente en la ex capital Saigón (en inglés con los jóvenes y en francés con los viejos), en lugares públicos como bibliotecas, templos, cementerios y museos; así como en bares, oficinas de turismo, restaurantes, autobuses, hoteles y parques, comprobé que para muchos hombres y mujeres aún se trataba de dos países: el Norte y el Sur.
En ese tiempo, en lo que había sido Vietnam del Sur, percibí la nostalgia que se respira en las novelas de William Faulkner, donde los sureños no acaban nunca de reponerse de la derrota que les infligió el Norte.
Muchos pensaban en el Sur que los recursos económicos del país habían sido mal utilizados por el gobierno de Hanoi y que la economía había sido mal administrada.
Linh, desde el momento en que asumió el liderazgo, había tratado de combatir la corrupción y ya para 1988 había purgado a un 10 por ciento de los cerca de dos millones de miembros del partido, bajo cargos de corrupción o ineficiencia.
En ese año, un empleado de banco ganaba 4.50 dólares al mes. Y quienes tenían un empleo se consideraban afortunados. El desempleo alcanzaba hasta el 30 por ciento en algunas regiones.
—Vietnam es un país que le ha interesado siempre a todo el mundo —me dijo Vu Tuat Viet en su oficina del periódico Saigón Giai Pong —. Y nosotros agradecemos esas muestras de afecto. García Márquez apoyó siempre nuestra guerra contra Estados Unidos. Cuando estuvo aquí en 1983, para asistir a un congreso de escritores, fue prácticamente vitoreado por el pueblo. Cien años de soledad se lee mucho por acá, y nos identificamos con esa obra porque habla ahí de una nación que sufrió también muchas guerras.
Vu Tuat Viet es un periodista bien informado, que conoce la historia y la cultura de América Latina.
—Nosotros vemos con mucha simpatía que el mexicano Carlos Fuentes y el estadounidense William Styron apoyen al gobierno de Nicaragua en su lucha contra el injusto bloqueo económico dictado por la Casa Blanca y que denuncien a la Contra somocista.
En relación a la retirada total del ejército vietnamita de Camboya, cuando ni él ni yo sabíamos, ni nadie, que faltaba un año para que se diera, me dijo:
—Todos en Vietnam queremos cambiar nuestro punto de vista y pensar ya no en la guerra, sino en la paz, para poder desarrollarnos con sosiego y en armonía... a pesar de que somos un pueblo de guerreros invencibles, amamos la paz como el bien más preciado que puede tener una nación. Nosotros, que hemos vivido tantos años envueltos en la guerra, somos un pueblo amante de la paz. La valoramos en todo lo que vale, y queremos para nuestros niños tiempos mejores.
Luego de la entrevista, tras haber apagado la grabadora, Vu Tuat Viet me ofreció mandarinas y tomamos té de jazmín y fumamos tabaco oscuro del país.
Al salir de su oficina, le estreché la mano y le comuniqué el enorme orgullo que yo sentía por haber entrado en contacto con un pueblo tan aguerrido, tan noble y tan digno.
(Capítulo 8 de mi libro de reportajes sobre la guerra de Vietnam Goliat arrodillado, publicado por Kindle y CreateSpace en 2011. Lo puede comprar en Amazon.com)
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jueves, 14 de febrero de 2013

Gorky Park, de Martin Cruz Smith

Gorky Park, publicada en 1981, es la novela que remontó a Martin Cruz Smith hasta el pináculo de la fama internacional y lo ayudó a entrar al estrecho mundillo del dinero, los jugosos contratos y los guiones cinematográficos.
Me alegra saber que un novelista gana bien por su trabajo, y es entonces cuando recuerdo lo que dijo Faulkner en alguna ocasión:
“Si un carpintero gana dinero por hacer una mesa, un escritor debería también ganar dinero por escribir una novela”.
Claro que estaríamos hablando de una buena mesa y -por supuesto-, de una buena novela.
Una mesa tembleque, raquítica y débil no podría competir nunca en el mercado, y tampoco una novela sin conflictos, sin suspenso, y sin personajes memorables.
Gorky Park tiene todo eso, y mucho más...
La trama está situada en Moscú. Es una historia de intriga, espionaje y romance durante la época de la Guerra Fría.
El personaje central, Arkady Renko, es un detective de alto rango en la “Militsia” soviética, que investiga un triple asesinato ocurrido en el Parque Gorki de atracciones, ubicado en el centro de Moscú.
La aparición de tres cadáveres en un costado del parque intriga a Renko. Los tres cuerpos han sido terriblemente mutilados. No tienen rostro y les cortaron además los dedos de las manos para que nadie pudiera identificarlos.
A medida que Renko avanza en sus averiguaciones se da cuenta de que nadie quiere hablar y comienza a sospechar que ciertos miembros de las altas esferas políticas del país pudieran estar involucrados en esos asesinatos.
Aunque pertenece -por su grado militar-, a la élite, Renko expone ante las autoridades la corrupción y la deshonestidad de algunos miembros destacados del poder, sin importar las consecuencias.
Por supuesto, las autoridades comienzan a verlo como a un disidente, le cierran todas las puertas y los agentes de la KGB empiezan a difundir el rumor de que Renko es un enfermo mental.
En medio de todos esos enfrentamientos y amenazas, está el amor que Renko siente por Irina, y también el tráfico de finas pieles de martas cibelinas hacia Estados Unidos.
Y hay también otros asesinatos y un complot para acabar con la vida de Irina… pero no debo dejarme llevar por la emoción. Cada uno debe leer la novela y gozarla plenamente.
El novelista Martin William Smith, quien asegura tener entre sus antepasados un bisabuelo yaqui, nació en 1942 en el estado de Pennsylvania. A los 20 años comenzó su carrera como periodista y en 1973 (a los 31 años) publicó su primera novela, Canto for a Gypsy, bajo el seudónimo de Martin Cruz Smith.
Esta primera incursión en el mundo de la ficción le valió una nominación al Edgar Award… pero no era todavía la fama ni la fortuna.
Es obvio que los nominados a esos premios sobresalen del montón. El inconveniente es que si no se llevan el galardón, tampoco logran arrancarle dinero a la circunstancia, y siguen atados al gusto de los lectores, quienes, la mayoría de las veces, prefieren comprar una novela premiada.
Lo hacen, supongo, porque no tienen el espíritu de la aventura y no quieren arriesgar su tiempo y su dinero en “descubrir” si una novela es buena o mala.
Sin embargo, y tal como debe hacer un novelista serio, Cruz Smith siguió escribiendo. Publicó dos novelas en 1972, una en 1973, cuatro en 1974, dos en 1975, dos más en 1977, y, finalmente, en 1981 le pegó al premio gordo de la lotería con Gorky Park, que se convirtió rápidamente en un bestseller y estuvo muchas semanas en los primeros lugares de la lista del New York Times.
Después vino la película… y entonces sí, Cruz Smith se topó de frente con la fama y la fortuna.
¡Y bien merecidas!
La revista Time dijo varios años después que Gorky Park había sido “the thriller of the '80s".
Y lo demás, como dicen los que saben, es historia.
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miércoles, 23 de enero de 2013

Matterhorn, de Karl Marlantes

Esta novela desgarradora sobre la injusta guerra de Vietnam seguramente no será estudiada nunca en los salones de clases de la afamada academia militar West Point.
A los jerarcas de esa vetusta institución militar no les va a interesar que los nuevos cadetes y los estudiantes de soldado lean lo terrible que resulta una guerra vivida en carne y hueso -en suelo enemigo-, y no desde las agradables oficinas del Pentágono, en donde los generales (algunos de ellos con muchas medallas y pocas batallas), disfrutan de aire acondicionado en sus oficinas y de bellas edecanes que les sirven café mientras ellos “planean” los ataques por aire, mar y tierra, de sus soldaditos de plomo.
Según nos cuenta Marlantes (veterano de esa guerra) en su extraordinaria novela, los altos mandos del ejército de Estados Unidos juegan a la guerra desde Washington, desde sus bien resguardados cuarteles en Saigón, o desde la provincia de Quang Tri (donde estaban las oficinas administrativas de la división a la que pertenecía la compañía de los personajes de la novela). Se la pasan revisando sus mapas y sus cartas geográficas, ordenando tomar y/o abandonar posiciones “clave” según ellos, con el sólo objetivo de conseguir más medallas y nuevas promociones en su carrera, sin importarles que los jóvenes reclutas y sus sargentos y comandantes en el terreno pasen días y noches sin comer ni beber nada, expuestos al fuego enemigo, sólo porque algún secretario de algún general prefirió irse a dormir temprano, antes que revisar las órdenes necesarias para el aprovisionamiento de las compañías en el frente de batalla.
La historia se centra en una compañía de jóvenes infantes de marina que construyen, con mucho esfuerzo, un puesto de avanzada en una remota colina de Vietnam (bautizada con el nombre de Matterhorn), cerca de la frontera con Laos, en una supuesta zona de distensión que separa a Vietnam del Sur de Vietnam del Norte.
De pronto, los jóvenes infantes de marina reciben la orden de abandonar el puesto, y días después, cuando el enemigo ya tomó la colina abandonada, reciben la orden de volver a tomar el puesto de avanzada.
Durante ese segundo esfuerzo (catalogado por muchos de esos jóvenes soldados como inútil), el autor aprovecha y nos narra, con lujo de detalles, la amistad -casi hermandad-, que existe entre los muchachos blancos, y aparte, la solidaridad entre los muchachos negros, y subraya el odio racial entre esos dos grupos de soldados.
Nos hace sentir el miedo, el frío, la lluvia, el lodo, el dolor, las heridas, las muertes. Y nos narra -también con lujo de detalles-, el asesinato de un compañero a manos de otro soldado. Asesinato que no es nunca investigado porque en el fragor de las batallas nadie sabe nunca quién disparó a quién... o si fue una bala enemiga. Y narra asimismo los planes de algunos soldados para asesinar a varios comandantes que gustan de dar órdenes inverosímiles.
El autor nos hace sentir el miedo, el respeto -y el odio- que esos jóvenes estadounidenses sienten por el enemigo... y la honda tristeza y el rencor que nace en sus corazones cuando uno de sus compañeros cae abatido por las balas enemigas.
Marlantes maneja toda la gama de los sentimientos humanos que están a flor de piel en esa guerra injusta, entre selvas de bambú. Y nos cuenta cómo los comandantes mienten en sus informes a los superiores acerca de sus muertos (disminuyendo el número) y acerca de las bajas del enemigo (aumentando el número considerablemente), para obtener reconocimiento y posibles ascensos y medallas.
Mientras los generales del Pentágono -que los personajes de la novela odian y desprecian con toda el alma-, se reúnen en la capital del imperio con importantes senadores y representantes del Congreso para beber buen whisky y avanzar sus carreras, los muchachos de carne y hueso tienen que seguir las órdenes y movilizarse en ese sangriento tablero de ajedrez, temblando de miedo (y muchos de ellos cagándose literalmente en los pantalones).
En un momento dado, dos de los personajes de este impresionante cuadro realista comentan el reclutamiento obligatorio que había en esos años en Estados Unidos (el odiado draft).
Todo el mundo sabía que los hijos de los poderosos industriales del país, de los políticos afamados y de los líderes religiosos, solían salvarse de ir a la guerra por las conexiones de sus padres.
Mientras estos dos personajes están metidos hasta el cuello dentro de una lodosa trinchera cavada esa misma noche, uno de ellos le dice al otro:
“Esta guerra no es otra cosa que comandantes blancos enviando al frente a muchachos negros a pelear contra jóvenes amarillos, para, según ellos, proteger un país que los blancos le robaron a los pieles rojas”.
Y aquí la palabra negro el lector comienza a entenderla, gracias a la pericia de Marlantes, como un muchacho pobre, con pocos estudios, hijo de padres pobres, sin importar que sea blanco, negro, o café (latino).
A pesar de ese rasero, que iguala a todos los jóvenes reclutas, dentro de las filas del ejército de Estados Unidos que peleó en Vietnam había, según nos deja ver el autor con insistencia, una tremenda discriminación racial, y los negros y los latinos eran vistos más como carne de cañón que los blancos.
Y las promociones tampoco llegaban fácilmente a esos negros y latinos.
La novela transcurre en 1969, y el autor no habla jamás de la masacre de My Lai, ocurrida 1968, ni tampoco se disculpa abiertamente por la injusta invasión a ese país del sureste asiático porque el escritor centró su vista en las vidas de esos muchachos arrojados a la selva vietnamita por un gobierno insensible.
Los muchachos de la Compañía Bravo se emborrachan en pequeños grupos algunas noches, maldiciendo a sus superiores y a los políticos de Washington, mientras esperan que el alcohol aplaque su miedo, pensando, cada uno en su fuero interno, que tal vez al día siguiente morirán.
Ya borrachos, algunos de ellos admiten, hablando en voz baja para no despertar a los otros que se han quedado dormidos, que han aprendido a matar, y que en el fondo, les ha gustado matar...
Y el lector infiere que los soldados regulares del Ejército de Vietnam el Norte y los jóvenes guerrilleros del Vietcong sentían quizás lo mismo, pero que la férrea disciplina que los regía no les permitía nunca emborracharse en las noches porque debían estar alertas todo el tiempo para defender a su país de esa injusta invasión.
Marlantes, a quien le tomó muchos años escribir esta novela (su primera novela), según contó él mismo en una entrevista, nos deja ver entre líneas que la invasión de Estados Unidos a Vietnam fue muy injusta.
También, sin decirlo abiertamente, habla sobre el consumo de drogas entre los jóvenes soldados estadounidenses y el contrabando de armas y drogas hacia Estados Unidos en las mochilas de los que regresaban a casa.
Describe la costumbre de algunos muchachos -ya envilecidos por los horrores de la guerra-, de cortar las orejas de los cadáveres de los soldados de Vietnam del Norte para usarlas en sus cascos, como trofeos de caza.
Narra también, con sutileza, la corrupción entre los mandos y la prostitución en Saigón, a donde los muchachos iban a veces con licencia a pasar algunos días de descanso.
Las impenetrables, hermosas y abigarradas selvas de Vietnam, descritas cuidadosamente por el autor, quedan atiborradas, tras el aplastante paso de los soldados del Tío Sam, de envolturas de goma de mascar, sobrecitos de Kool Aid, latas vacías de cerveza y de Coca-Cola, cajas de cartón mojadas en donde venían las municiones, sobrecitos de sopa, cajetillas arrugadas de cigarrillos, repuestos de helicópteros, cientos de miles de casquillos de todos los calibres, camillas destrozadas, armas oxidadas, fusiles rotos, vendajes sangrantes, ropas desgarradas, y toda clase de desperdicios de un ejército bien avituallado.
Marlantes deja ver el respeto -y el miedo atroz- que los reclutas estadounidenses tenían por los jóvenes guerrilleros del Vietcong.
Y pinta muy bien el arrojo, el valor y la temeridad de esos vietnamitas del norte (y del sur), de esos hombres y mujeres jóvenes, algunos casi niños, que pelearon para defender la soberanía de su país, y que vencieron al ejército más poderoso del mundo.
El personaje central de esta extraordinaria novela piensa en un momento dado que las exuberantes selvas de Vietnam se recuperarán de esta guerra y que no quedará huella de la invasión.
Y el lector sabe -porque así lo demostró la historia-, que el pueblo de Vietnam (ya unidos el Norte y el Sur) también se recuperó, a pesar de los más de dos millones de muertes que le costó la conflagración.
Esta novela devastadora debe leerse para ver de cerca y entender los sufrimientos de los jóvenes soldados de ambos bandos, y la corrupción que genera una guerra y el odio y el resentimiento y el miedo.
“La guerra es una mierda”, dice uno de los personajes.
No dice esta guerra, sino la guerra en general... y tiene mucha razón.
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