lunes, 12 de marzo de 2012

Cómo perdió México la mitad de su territorio

Entre 1846 y 1848, durante la arbitraria guerra contra México ordenada en Washington por el presidente James Polk, y facilitada en México por un hombre presuntuoso y oportunista llamado Antonio López de Santa Anna, un criollo sin arraigo nacional que fue presidente en varias oportunidades, y respaldada además por la actitud egoísta de una Iglesia católica rapaz y nada solidaria, se registró la pérdida de la mitad del territorio nacional.
Los soldados mexicanos pelearon con valentía y dieron su vida en defensa del territorio, pero muchos políticos y jefes militares de la época mostraron una enorme falta de ética y de carácter, junto con fuertes rasgos de debilidad y cobardía.
En este escenario de venganzas, intereses creados y traiciones, destacó el Batallón de San Patricio, formado por un puñado de oficiales y soldados católicos irlandeses que desertaron de las filas del ejército invasor para pelear al lado de los mexicanos.
La historia registra acciones heroicas y de gran sacrificio de estos valientes. Y consigna también las ambiciones del demócrata James Polk, presidente de Estados Unidos durante apenas cuatro años, de 1845 a 1849, pero quien logró, en ese breve lapso, la anexión de Texas en 1845 y luego lanzó la guerra contra su vecino del sur, de 1846 a 1848, para arrebatarle la mitad del territorio.
En México, Polk contó a su favor con el motín de los “polkos”, mote popular con que el pueblo bautizó a los jóvenes de clase alta -muy devotos-, que tomaron las armas contra el gobierno mexicano y se convirtieron en una herramienta fundamental de la Iglesia católica para oponerse a la requisa de los bienes materiales que exigía del clero el vicepresidente liberal Valentín Gómez Farías, para pagar los gastos de la guerra contra Estados Unidos. El motín clerical entorpeció la defensa del territorio nacional.
Tres años antes de esa invasión ilícita, en la primavera de 1843, el irlandés John Riley, de 27 años, católico, fuerte, alto, de ojos azules, y una espesa cabellera negra que le cubría la nuca, había llegado a Estados Unidos procedente de Canadá, donde había desertado del ejército inglés luego de haber aprendido, según decía, “las técnicas de la guerra, para atacar después a los protestantes”.
John había conseguido en las fuerzas armadas británicas, a pesar de la oposición de muchos oficiales ingleses, sus galones de sargento mayor, pero al final se había cansado de convivir con los soldados protestantes y había huido.
Y aunque en ese momento él no lo sabía, iba a fundar y a comandar, después de muchos sufrimientos, el heroico Batallón de San Patricio.
Al llegar a Estados Unidos, comenzó a trabajar para otro irlandés, Charles O’Malley, en la isla de Mackinaw, en el norteño estado de Michigan.
Al principio, y a pesar de que sus tareas le imponían horarios de hasta doce horas diarias en los muelles, la nueva vida le resultaba maravillosa. Era joven y se sabía fuerte, feliz y afortunado, aunque recordaba con creciente odio a los invasores ingleses de su querida Irlanda: su corrupción, sus injusticias y su doble moral de protestantes cínicos. Los ingleses compraban, a cambio de un puñado de monedas, noches de lujuria con muchachitas católicas irlandesas muertas de hambre que debían llevar dinero a sus casas. Y esa situación empeoró después de una extraña neblina que cubrió su añorada isla verde, propiciando la pérdida de todas las cosechas y desatando una terrible hambruna.
Por salud mental, John procuraba hacer a un lado esos recuerdos lamentables y centraba su atención en el presente, en su nueva vida de libertad, ya como civil.
Las primeras imágenes que registró al cruzar la frontera de Canadá y llegar al lago Michigan fueron las de cientos de estibadores trabajando y sudando en el muelle, con camisas de lino desabrochadas y pantalones de lana amarrados a la cintura con trozos de soga. Muchos eran irlandeses, paisanos del Condado de Galway. Y casi todos habían llegado buscando a Charles O’Malley, un próspero irlandés dueño de un edificio de oficinas de dos pisos, coronado con un gran letrero verde en el que se leía su nombre en letras doradas.
O’Malley era uno más de los muchos propietarios de negocios dedicados al comercio en el puerto, pero era también el empleador de muchos de los irlandeses que llegaban a Estados Unidos en busca de trabajo. Apodado “el Dragón”, tenía 35 años al conocer a John. O’Malley era un patrón exigente, alto y fuerte, de voz ronca y autoritaria. Había visto la luz en una miserable casucha irlandesa en el Condado de Mayo, pero como era muy trabajador, había ido adquiriendo mucho poder político y económico dentro del círculo de irlandeses católicos en Estados Unidos. Acerca de John solía decir, incluso enfrente de él: “este irlandés grandote y respetuoso, de casi un metro noventa, no acepta órdenes. Nació para mandar”.
Antes de ser jefe de cuadrilla, John había comenzado sus tareas cargando grandes vigas de madera para la construcción y acomodándolas en las carretas del Dragón, junto con toneles llenos de pieles, que después eran transportados a distintos puertos de la zona en las barcazas de la creciente flota comercial del rico irlandés.
En México mientras tanto, durante esos años, Antonio López de Santa Anna, el camaleónico líder criollo, voluble, presuntuoso y traicionero, y quien había hecho sus primeras armas en el ejército español en contra de otro criollo -el independentista cura Miguel Hidalgo-, ya había cambiado de bando y había participado en la defensa de Tampico contra una expedición española llegada de Cuba en 1829 para intentar la reconquista de México.
Santa Anna había resultado vencedor y había sido proclamado héroe nacional. Y luego, en 1833, dos años después del fusilamiento en Oaxaca del ex presidente Vicente Guerrero, se había pronunciado contra el gobierno conservador de Anastasio Bustamante.
La aventura le había valido al veracruzano la Presidencia de la República por primera vez, de las muchas que ocuparía el cargo. Tenía 42 años cuando asumió, pero había preferido retirarse a su hacienda de Xalapa y dejar las riendas del gobierno en manos de su vicepresidente, el liberal Valentín Gómez Farías, quien de inmediato secularizó la educación, suprimió la Universidad Pontificia, abolió el cobro de los diezmos eclesiásticos y prohibió que los religiosos votaran.
Los conservadores, asustados y viendo que el gobierno buscaba la separación de la Iglesia y el Estado, comenzaron a complotar en todos los rincones del país. Los brotes de rebelión obligaron a Santa Anna a salir de su retiro en repetidas ocasiones para reprimirlos, pero al final, para conservar el poder, expulsó a Gómez Farías del gobierno en 1834 y dejó que volvieran los fueros eclesiásticos y la intolerancia religiosa, con la promesa de que nadie cuestionaría jamás la posesión de los cuantiosos bienes que tenía el clero.
Esa actitud y ese error de cálculo de Santa Anna, como tantos otros, habrían de repercutir más tarde en la pérdida de la mitad del territorio mexicano.
Cuando John comenzó a trabajar para el Dragón, eran los tiempos duros de la hambruna en Irlanda y de la creciente opresión de los ingleses protestantes en la isla católica.
John, como tantos otros irlandeses, estaba comenzando una nueva vida en Estados Unidos fuera del ejército inglés y sin el rango que ahí había conseguido. Había unos 400 irlandeses católicos en la isla de Mackinaw.
John hablaba siempre de los odiados ingleses con Charles O’Malley, Emma Bartly, William McNally, Helen Kelly, James McDowell, John Chambers y muchos otros que escuchaban con atención sus historias “de horror” según decía él mismo, sobre el servicio militar en el ejército británico. Los sábados en las noches se reunían a conversar, comer sopa, beber whisky, bailar al ritmo de gaitas y tambores, y a recordar a su añorada isla de Irlanda, invadida y pisoteada por los ingleses.
Y los domingos en la mañana iban a escuchar misa y a comulgar en la única iglesia católica del lugar, un pequeño edificio de piedra con una austera cruz de roble en lo alto, pero ni siquiera en ese amable enclave de irlandeses, dejaban de percibir el sentimiento anticatólico de los protestantes de Estados Unidos.
La novela de Rebecca Reed: Seis meses en un convento, que había visto la luz en 1835 y que fue un gran éxito de ventas durante muchos años, contaba acciones tremendistas y llenas de sexo entre monjas y sacerdotes católicos. Ese tipo de literatura encendió más los ánimos en esa época contra los católicos, catalogados como “agentes secretos del Papa”.
Había en la costa noreste de Estados Unidos, sobre todo en Nueva York, frecuentes peleas y asesinatos entre bandas de católicos y de protestantes, y los periódicos protestantes de la época azuzaban esas tendencias.
Entre 1835 y 1855 el sentimiento anticatólico de Estados Unidos vivó sus épocas más recalcitrantes. Los anglosajones protestantes comenzaron a ver con preocupación el aumento de irlandeses católicos que llegaban a diario al país. En 1845, durante la época más álgida del sentimiento anticatólico y cuando se hablaba mucho en la prensa sobre una posible guerra contra México, se registró en Irlanda una catástrofe de proporciones insospechadas.
Durante un caluroso día de verano, una espesa niebla se levantó de la superficie del mar y cayó lentamente sobre una gran parte de la isla. Dos días después, al despejarse la nube, los habitantes del campo pudieron ver que sus cosechas habían muerto. Para septiembre de 1845, el camino desde Cork hasta Dublín estaba flanqueado por cosechas pestilentes de papas putrefactas. Los campesinos y sus familias, sentados a la vera del camino, llorando y clamando al cielo, con sus pestilentes cosechas atrás de ellos, pedían a los viajantes una caridad para poder comer.
Los campesinos católicos irlandeses, pobres y explotados por los ingleses terratenientes, dependían de sus cosechas para poder comer y vender el excedente. Y más de la mitad de todas las cosechas se pudrieron en la isla ese año. La niebla provocó una hambruna implacable que se extendió a todo el país. Para 1848 habían muerto de hambre o de enfermedades por comer papas podridas, más de un millón de irlandeses. Entre 1845 y 1848 más de dos millones de irlandeses dejaron la isla con rumbo a diferentes puertos y ciudades de la costa noreste de Estados Unidos, como única salida a su mortal situación.
La ola de inmigrantes irlandeses “pobres y sin educación”, según decía la prensa, que llegaban diario a Nueva York, Boston y Filadelfia, comenzó a crecer alarmantemente a partir de 1845 y en Estados Unidos aumentó el sentimiento de desprecio hacia los católicos, vistos por todas las iglesias protestantes como agentes del Vaticano que, aseguraban, quería tomar al país entero y hacerlo súbdito del Papa.
El movimiento anticatólico se apoderó con fuerza del ejército de Estados Unidos, donde los oficiales de West Point decían que si ingresaban demasiados irlandeses católicos a sus filas, el carácter y la disciplina de los soldados anglos se relajaría y terminaría por perderse.
Para los oficiales protestantes, educados en la moderna academia de West Point, los irlandeses eran borrachos, buenos para nada, pendencieros y holgazanes, pero como necesitaban “carne de cañón”, seguían admitiéndolos en sus filas.
Además, los oficiales decían que los irlandeses tenían siempre mala suerte y no querían contagiarse. Y con excepción de Charles O’Malley, en la isla de Mackinaw, la mayoría de los irlandeses ya establecidos en Estados Unidos, tampoco querían ayudar a los recién llegados por miedo a que los estadounidenses los despreciaran.
Muchas mujeres irlandesas que llegaban solas y sin conocer a nadie, se prostituían para sobrevivir, y muchos jóvenes que no encontraban trabajo, formaban entonces bandas de ladrones.
Los estadounidenses querían que el gobierno cerrara las fronteras, aunque nunca se quejaron de los burdeles de mujeres irlandesas, que eran famosos y muy frecuentados por los protestantes. Las organizaciones anticatólicas decían que “el Papa y sus secuaces irlandeses” estaban combatiendo sus esfuerzos para distribuir ejemplares de la Biblia protestante en cada salón de clases de cada escuela, y en cada cuarto de hotel. Aseguraban que los católicos querían reemplazar la Biblia protestante por la versión “papista”.
El diario The Philadelphia Nativist, que además de anticatólico era un órgano de difusión de ideas expansionistas, proclamaba en sus páginas que la “Providencia” había dispuesto que el Nuevo Mundo fuera de los Anglosajones, que eran blancos y protestantes. “Y si México se opone a los designios del Cielo, pues tanto peor para México”.
Y en México mientras tanto, las cosas tampoco iban bien para el país. En 1835 Gómez Farías, traicionado por Santa Anna, había salido del territorio, excomulgado por la Iglesia católica y maldecido, llamado “monstruo” en la prensa clerical.
Santa Anna, cínico y oportunista, inestable siempre, no sólo había dado un giro a la derecha al expulsar a Gómez Farías, sino que había descartado la Constitución de 1824, cuya letra obligaba a un sistema federal, y había reformado la Carta Magna para incorporar el centralismo. El cambio había provocado protestas armadas que fueron acalladas con sangre.
Las revueltas estallaron en todo el territorio y se extendieron desde Zacatecas hasta Coahuila, y por ende a Texas, en donde los colonos extranjeros -anglosajones protestantes liderados por Sam Houston-, aprovecharon la discordia para tomar las armas en defensa de su autonomía. La lucha terminó en un desastre para México: la separación de Texas del territorio nacional.
Antes de la debacle, Santa Anna, carismático siempre, había logrado unir al país: a centralistas y federalistas, a conservadores y liberales, para reprimir una rebelión que no parecía tan peligrosa. La campaña contra los colonos insurrectos comenzó en diciembre de 1835 y terminó en mayo de 1836. El líder se ganó el corazón y la admiración del pueblo al empeñar sus bienes para financiar la guerra y después con su asalto victorioso al fuerte de El Álamo.
Sin embargo, la crueldad que mostró después, al asesinar a todos sus prisioneros, hicieron prever cosas peores. Y luego vino la batalla de San Jacinto, donde cayó vencido por un enemigo débil y ya derrotado. Al estar preso, Santa Anna, el irresponsable caudillo criollo, quien quizás nunca se sintió mexicano, se mostró cobarde, tímido y apocado. Aprobó la separación de Texas, en un pacto secreto, para conseguir su liberación.
El indigno comandante supremo de los ejércitos mexicanos regresó a México y se retiró a su finca en Veracruz en espera de otra oportunidad para “servir a la Patria”.
Su Alteza Serenísima, como le gustaba que lo llamaran, fue abucheado por el pueblo pero salió prácticamente ileso de su traición y su deslealtad.
El país, en cambio, se alarmó al darse cuenta de que a pesar de todos los recursos con que contaba, no había podido dominar una rebelión insignificante. La separación de Texas le hizo entender a México que sus recursos estaban en manos de la Iglesia católica y que la guerra de independencia había sido impulsada y financiada por los hacendados criollos y sus acreedores eclesiásticos cuando la Corona española pretendió controlar las hipotecas de la colonia.
La actitud antisocial de la Iglesia católica obligó a México, desde que nació como país, a recurrir a préstamos abusivos en el extranjero. Y la debilidad del endeudado gobierno quedó demostrada por la facilidad con que los texanos lograron su independencia.
La república de Texas fue reconocida por Estados Unidos -jamás por México-, y cuando Texas se separó, Washington hizo saber al gobierno mexicano que quería comprar California y el territorio de Nuevo México. La propuesta enconó más la relación. La tirantez se prolongó durante nueve años y al final, en 1845, se llegó a lo inevitable: Estados Unidos se anexó Texas.
México había anunciado que la anexión provocaría la guerra, y eso era lo que el expansionista presidente Polk quería. Así que en 1845 la crisis de 1835 se repitió, aunque agigantada. La guerra no sería ya contra un puñado de colonos insurrectos en Texas, sino contra Estados Unidos. Las clases dominantes mexicanas, enfrascadas en sus intereses y en sus luchas intestinas, sin haber aprendido la lección, supieron de pronto, con angustia y amargura, que el peligro había encontrado a México tan mal preparado y tan endeudo como diez años antes.
Además de las amenazas de Washington, las potencias europeas discutían casi a diario con el gobierno mexicano. Francia había mandado incluso una expedición punitiva a Veracruz para castigar el supuesto maltrato a sus nacionales.
Los medios de subsistencia del país estaban acaparados por la Iglesia católica, cuyos fueros eclesiásticos e intolerancia religiosa crecían sin que nadie pudiera hacer nada. Los extranjeros explotaban el comercio, la agricultura, la industria y la minería.
México vivía a expensas de una deuda externa que crecía peligrosamente cada año, y tenía además una cuenta corriente que aumentaba a diario por los supuestos daños y perjuicios a los extranjeros.
Por desgracia para el pueblo mexicano, las arcas de la nación eran la única fuente de ingresos de un creciente número de militares y políticos oportunistas que a través de asonadas llegaban al poder.
Santa Anna, caído en desgracia en 1836, salió por fin de su finca en 1838 y fue a defender el puerto de Veracruz de la invasión de Francia, que quería cobrar una indemnización por unos pasteles que, supuestamente, algunos militares mexicanos de alto rango habían comido, sin pagar, en la tienda de un repostero francés ubicada en Tacubaya. En el fragor de la batalla perdió una pierna y México se sintió agradecido otra vez, y obligado con el caudillo, y lo aplaudió.
Santa Anna, apoyado por la Iglesia católica, dio un golpe militar en 1841 y subió de nuevo al poder. Pero en 1843 fue derribado tras una revuelta organizada por el mismo clero que lo había encumbrado porque no quería financiar su gobierno.
Así que vituperado de nuevo por todos, fue enviado al exilio a Cuba, y se sintió derrotado para siempre, convencido de que su carrera política había terminado. Pero dos años después, con la anexión de Texas por parte de Estados Unidos, Santa Anna vio otra oportunidad para regresar “a salvar a la Patria”. Y antes incluso de comunicar sus deseos a nadie en México, decidió que para triunfar en la nueva aventura debía primero negociar con el agresor. Quería reservarse un lugar prominente en la historia de México, infortunado país que desde su independencia había sufrido revueltas, cuartelazos, asonadas, divisiones, y proclamas de militares y políticos, además de invasiones extranjeras y estancamiento económico gracias a la actitud egoísta de la Iglesia católica.
Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón, mandó un emisario a Washington con la propuesta de vender, por treinta millones de dólares, el territorio mexicano comprendido entre la zona norte del río Bravo y la zona oeste del río Colorado -los actuales estados de Nuevo México, Arizona y Colorado-, con la condición de que lo dejaran ir a “dizque” pelear a México a favor de su patria y pasar de contrabando sobre el bloqueo marítimo que Polk había implementado con sus barcos de guerra en el Golfo de México, frente a las costas de Veracruz.
Arreglado el asunto, Santa Anna le escribió después a su viejo aliado Valentín Gómez Farías diciéndole que no tenía ya aspiraciones a la presidencia, pero que le ofrecía su experiencia militar para luchar contra la invasión extranjera.
En agosto de 1846, ya invadido el norte del país, Gómez Farías, desesperado, colaboró con un pronunciamiento que derrocó al gobierno centralista del general Mariano Paredes, y en ese mismo mes llegó Santa Anna, pasando a través del bloqueo marítimo de Veracruz, con la autorización de Washington.
Ya de regreso, a la cabeza de un ejército, el criollo apátrida y descarado se declaró presidente de México otra vez, y trató, aunque extrañamente “sin éxito”, de luchar contra la injusta invasión de Washington.
Estos fueron los tiempos en los que John Riley y algunos de sus amigos irlandeses dejaron de trabajar para el Dragón en la isla de Mackinaw, donde ganaban un dólar a la semana, y se enlistaron en el ejército de Estados Unidos.
Lo hicieron un poco antes de que estallara la guerra contra México, forzados por diversas circunstancias, como se verá más adelante, y a sabiendas de que serían enviados al sur a pelear contra un país católico.
La aventura les preocupaba, temerosos de Dios como eran todos, pero se reconfortaban por la paga de siete dólares mensuales, las tres comidas diarias, los uniformes y los poderosos mosquetes que les prometieron.
Cuando se enlistaron no podían prever los sufrimientos que les esperaban a la vuelta de la esquina, y tampoco imaginaron que desertarían y pasarían a la historia de México como los héroes del Batallón de San Patricio.
(Capítulo 1 de mi novela México por asalto, publicada originalmente por Grijalbo en 2008. La puede comprar en Amazon.com)
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Y no olviden apartar, aunque trabajen mucho -¿quién no lo hace en estos tiempos de crisis?- al menos una hora diaria para leer un buen libro (que pudiera ser, quizás, la novela que aquí se mencionó, o cualquiera de mis otras novelas).